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Crónicas de un escritor sin musa: Jehú Hernández

Crónicas de un escritor sin musa: Jehú Hernández

Escribimos desde las sombras. Detrás del epitafio calcificado nuestro trabajo continúa. La carne todavía no se pudre tal vez, eso es irrelevante. A estas alturas el olor perecedero es ya un viejo amigo, y continuamos trabajando, no porque queramos, o porque tu editor te dijo que ya es siete de enero y el regalo que se hizo el día anterior antes de irse a San Miguel Allende no fue tu trabajo; no por desamor o por uno nuevo, de esos que te sacan una breve sonrisa por las mañanas; no porque el nombre nunca muera, tampoco para hacerlo vibrar en las tinieblas, no. Lo hacemos porque podemos… Lo hacemos porque podemos.

Y a las cuatro de la madrugada salimos a la calle a comprar algo de comida, otra cajetilla de cigarros quizás, otra botella de alcohol si la mente lo requiere —ya saben, para bajar la temperatura de la máquina que lleva varias horas trabajando forzada—

Tal vez nos preguntemos si solamente comemos o bebemos por hábito, si realmente estamos muertos por dentro. Pero la pregunta se pasea pronta cuando la mirada y las manos vuelven a la obra. No podemos parar, aun cuando creemos que ya se acabó, que las ideas no caminan, no podemos parar. Es la idea de la idea muerta lo que nos detiene en ocasiones, pero después regresa ese venenoso impulso que te quita el sueño, que te susurra al oído cuando no hay nadie más en ese cuarto olvidado. La huella digital que acaricia tu espina dorsal y la yergue una vez más, un poco más, una línea más, una más y finalmente podré descansar, podré olvidarme de tonterías por un segundo.

Qué ingenuo. Si nuestra maldición es para siempre, por eso seguimos trabajando desde las sombras, y si la mirada se cansa, caminamos a ciegas; y si el oído silencia todo a tu alrededor, vamos a tientas; y si las manos se acaban, buscamos otras.

La muerte ya nos visitó, amigos míos. Ni siquiera ella puede salvarnos del eterno tormento. Nosotros seguimos ahí porque podemos y eso se vuelve incontrovertible. Pero no lloréis por nosotros. Lo que a vuestros ojos es el castigo de Prometeo, para nosotros es un estornudo, una molesta comezón que se ignora con el tiempo. Lo terrible se vuelve realmente terrible a los ojos que desconocen una dimensión que no les corresponde. Cada quién tiene la suya y cualquier otra ajena siempre será inaceptable.

Así que ya lo saben, cuando cierren esas pestañas, cuando puedan parar, cuando puedan sentir la vida danzar en el interior de sus células, brinden por nosotros, que nosotros también brindamos por ustedes a cada momento. Por la ironía de lo infinito que es finito. Escribimos desde las sombras con esa sonrisa esquelética, trabada, tratando de hacer un guiño con esas cuencas vacías, con las rodillas ansiosas y los dedos artríticos. Pero no os preocupéis. Lo hacemos porque podemos… Lo hacemos porque podemos.

admin

enero 26th, 2017

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